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CRÍTICA • Mil surcos

Identidades hechas de fragmentos

—por Gabriel Ábalos—

Diario Alfil (Córdoba), 19 de enero de 2015.

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El novelista Martín Cristal desarrolla en Mil surcos una épica de estructura múltiple y sale airoso en su relato de seres que han atravesado diversos segmentos históricos, algunos marcados por las duras experiencias de la migración, donde la voluntad de vivir y el amor familiar constituyen ingredientes claves.
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MARTIN-CRISTAL-Mil-surcos-(2014)-800pxMil surcos se relaciona con una novela previa y con los proyectos de dos novelas siguientes, hasta conformar una tetralogía. La voluntad de su autor, Martín Cristal, es que cada pieza se apoye en sí misma, luzca su propia identidad y sea apreciada como obra particular. Nos concentramos, pues, en este último libro de un autor con brillo personal y merecedor del reconocimiento de los pares en el no tan pequeño Olimpo cordobés de los que escriben narrativa.

La novela, aparte de la convicción con que se presenta el flujo de la escritura misma –materia esencial de la narración– tiene una carpintería estructural que requiere de maestría y que es la forma irreprochable por la que fluyen las diversas historias que trazan sus profundos surcos. Martín ha aunado la tersura de su modo de contar a una estructura magistral, para exponer una serie de historias que arrancan durante la guerra civil rusa de 1918, y van alternando sus años y sus personajes, mientras avanza incorporando progresiva complejidad, como una fuga musical. Así presenta unas epopeyas que en términos históricos se ramifican, y que en términos literarios confluyen hacia el tronco y la raíz de la memoria, en 2004. El esfuerzo de la memoria, que no es otra cosa que una creación, prescinde en el texto de Martín Cristal de “lentes” puestos delante del decir, ya que se dirige a contar el hueso de los hechos (los sentimientos, las ansiedades, los descubrimientos) con el mayor rendimiento de las palabras de que sea capaz. La estructura organiza un relato cronológico del que forman parte de arranque cuatro historias, pobladas cada una por sus personajes rectores, que comienzan a rodar a partir de un determinado año y lugar: Rusia, 1918; Córdoba, 2004; Perú, 1941 y Córdoba, 1945. Es el orden de presentación, aunque los años avanzan y los escenarios cambian, al tiempo que los personajes y su historia familiar se desarrollan en sus circunstancias existenciales propias.

Una joven estudiante de medicina, Perla, que recientemente decidió abandonar el hogar materno (su padre ha muerto hace poco), subsiste de manera precaria y se victimiza un tanto. Situada en 2004, es la única narración que nos es presentada en primera persona, y constituye el tiempo testigo y el vínculo de la danza multiplicativa de las otras historias. A la vez, ese hoy constituye la historia más carente de acontecimientos, la de menor tensión.

Una joven de origen japonés, hija de inmigrantes en el Perú, ha debido casarse por motivos ajenos a su voluntad y se convierte en parte de los contingentes de inmigrantes japoneses que en 1945 fueron expulsados de varios países, tras el ataque del ejército del Emperador a Pearl Harbor. La joven Sachi será el único hilo de su historia. En cambio las otras dos historias producen nuevos personajes que tienden sus ansias en dirección al futuro, prolongando y ramificando el relato. Todas las historias están narradas en presente. La de Celia, joven judía tuberculosa y frágil, que se casará con José Jacobo, con quien armará su vida sin hijos, hasta que adoptan a un niño rubio de once años, huérfano de origen belga. La del soldado Idl, más tarde Fidel Lazaro, que decidió migrar de la Rusia de 1918 y llega a Buenos Aires, donde comenzará a trabajar y pronto se casará con una joven que conoció en el barco que los traía a ambos a Sudamérica, Lea.

Atraviesa cada relato el sentido familiar, la identidad en la que se debaten las personas que sólo pueden vivir la vida que determina su tiempo y lugar. Y cuando son víctimas de los desastres de la guerra, el exilio, la tragedia, los resultados son identidades fragmentadas, interrumpidas, perdidas, reconstruidas.” Gabriel ÁbalosAtraviesa cada relato el sentido familiar, la identidad en la que se debaten las personas que sólo pueden vivir la vida que determina su tiempo y lugar. Y cuando son víctimas de los desastres de la guerra, el exilio, la tragedia, los resultados son identidades fragmentadas, interrumpidas, perdidas, reconstruidas. Es la memoria que subyace en los humillados, los diezmados, los inmigrantes. Sin embargo, como expresa el texto introductorio de William Faulkner que cita Cristal, tomado del relato “Gente de antaño”: “incluso el sufrimiento y la pesadumbre son mejores que nada; no hay nada peor que no estar vivo”.

La novela da cuenta de esas formas de estar vivos, atareándose en el afán de ser parte de una línea que se resiste a borrarse, a perecer, que busca su cauce entre las desgracias y las buenas venturas donde esas personas pudieron o supieron buscar amparo.

Para enviarnos a esas imágenes de hombres y mujeres esforzándose por seguir latiendo por sí mismos, o a través de otros, Martín Cristal produce una dinámica en el que es posible seguir sin esfuerzo la alternancia de cada una de las historias, porque pone la sal de las motivaciones, de las insinuaciones, de las promesas que cada parágrafo (que representa un año, unos personajes y un escenario propio) excita en el lector. Aun respetando a rajatablas sus premisas narrativas y estructurales, en un capítulo Martín encuentra el modo de narrar la prospectiva de tres personajes, su futuro y destino, como caso único y bien logrado de ensayo en el curso del relato.

La información necesaria para recrear los entornos históricos y geográficos de los personajes, sus modos de resolver cada uno la consecución de sus trayectorias, sus experiencias, sus gustos, sus éxitos y fracasos, es sin duda mucha. Martín Cristal ha combinado un esfuerzo narrativo realmente importante, y su consecución lo sitúa en un plano de especial destaque en el panorama narrativo argentino. ♦