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ENTREVISTA • El sueño del tsunami

Martín Cristal:
“No hay garantías en la escritura”

—por Javier Mattio—

Nota de tapa en el suplemento «Número Cero» de La Voz (Córdoba). Domingo 22 de agosto de 2021.

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El escritor cordobés condensa un nuevo muestrario fantástico en El sueño del tsunami, libro que adapta a su vez al pódcast.

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Con la catástrofe distópica cómodamente instalada y el presente 24/7 absorbiéndolo todo, el sueño permanece como una replegada trinchera de la fantasía; junto a la escritura. “El sueño del tsunami”, cuento de Martín Cristal originalmente publicado en la local revista Palp y ahora incluido en el flamante libro que lleva su título, reflota ambas potencias en la marea inalterable de la fábula.

Su hallazgo está en que la previsible catástrofe masiva —un tsunami gigante que avanza por la Tierra— no ocurre en la realidad, sino en los sueños sincronizados de los habitantes planetarios. En su trance experimentado con la concatenación horaria de una transmisión en vivo, la narración —con olas de Ray Bradbury y de J. G. Ballard— exhibe a una humanidad a la que le queda una última ficción por vivir.

Para usar la terminología rockera propia del autor cordobés, que comienza el texto con un epígrafe de “Here comes the flood”, de Peter Gabriel, El sueño del tsunami es un greatest hits de Cristal, que se matiza en la antología con cuentos nuevos y recuperados.

Una niña multiplicada hasta la truculencia en un idílico chalé de La Cumbre; una extraña experiencia lumínica de niños con luciérnagas; un monstruo edípico de departamento que acecha a sus inquilinos; un viaje de ruta en vertiginoso loop, o un reñido romance de realidad virtual conforman algunas de estas historias extraordinarias, que trazan un arco de casi dos décadas de escritura ininterrumpida.

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LEER EN VOZ ALTA

El sueño del tsunami se complementa con el pódcast Una dosis de Cristal, recién lanzada emisión de Parque Podcast y en cuya primera temporada el narrador dota de voz a los relatos del volumen.

“Me interesa diversificar, probar cosas nuevas, narrar en otros formatos, medios y soportes. La mayoría de estos cuentos no tuvieron la oralidad como premisa. De ahí que grabarlos fue un desafío: hubo que interpretarlos lo mejor posible”, dice Cristal.

Y agrega: “No soy locutor, pero tengo cierta práctica leyendo en voz alta: hace seis años que lo hago semanalmente en los grupos de lectura que coordino. En uno de ellos participó Guido Padín, de la productora Parque Podcast. Le propuse grabar una temporada con relatos míos. Íbamos a entrar al estudio en 2020, pero la cuarentena nos frenó. Cuando me llegó la propuesta del libro, le aclaré al editor del sello Dábale arroz que pensaba, además, grabar estos cuentos. Por suerte, Eduardo Abel Giménez desborda creatividad, ama los formatos raros y los proyectos híbridos, así que dio su consentimiento. Por eso el libro sale en papel y, a la vez, en audio”.

La pandemia frenó pero no detuvo a Cristal, quien ya antes del acontecimiento (tsunami viral que probó ser tan real como mental, tan cotidiano como informacional) había sacado tres libros al unísono. Dos fruto de premios —los también fantásticos Aplauso sin fin y La música interior de los leones— y Las alegrías, tercera entrega de la voluminosa tetralogía realista que el autor viene sacando en la editorial Caballo Negro.

(Ilustración de Juan Delfini para La Voz del Interior).
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SWITCH

¿Puede Cristal activar el switch de lo sobrenatural a voluntad? ¿Qué determina asomarse a ese umbral?

“Esa dualidad viene desde mi primer libro: no la niego ni la combato. Así como para leer me guío por el deseo, al escribir acato una curiosidad, un instinto o una pulsión que me lleva a explorar alternativamente en distintas direcciones. A los treinta y pico aún creía en una ‘evolución lineal del escritor’, como planes, mejoras, decisiones conscientes. Pero lo cierto es que, alcanzado cierto punto de formación y saturación, el asunto se presenta más bien circular: uno vuelve todo el tiempo al cauce de lo que en verdad es. Yo me reconozco en la voluntad de narrar y en esa variación de registros y géneros”, responde el escritor.

—¿Qué implican las irrupciones de otro orden? ¿Qué te atrae del género?

—No las invoco yo: las convoca mi imaginación, que tiene sus mecanismos secretos e insistencias. No sé de dónde vienen esas ideas ni qué significan. De hecho, quizás sea mejor no saberlo. No quisiera terminar como esos niños que desarman su juguete favorito para ver cómo funciona y después ya no pueden rearmarlo para seguir jugando. Con tal de que sigan aflorando ideas que me motiven a contar buenas historias, me doy por bien servido. Mejor que el significado lo busquen o lo aporten los lectores.

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MIEDO REINVENTADO

—En varios relatos hay niños (y padres). ¿Cambia la paternidad al escritor?

—La paternidad lo altera todo. En lo práctico, modifica horarios y hábitos de escritura, pero va mucho más allá todavía: cambia tu mirada sobre el mundo y sobre vos mismo. Intensifica preocupaciones, temores. No necesitás ser padre para saber que el sufrimiento o la muerte de un niño son cosas terribles, pero ya con una hija el miedo a esas posibilidades se multiplica: pasa a otra escala. Ser padre tiene facetas hermosas, pero también es la Reinvención del Miedo. Para conjurar ese miedo, a veces lo he transferido a algunos relatos, aunque casi nunca de modo consciente.

—Tres cuentos integraron Manual de evasiones imposibles, libro que publicaste en México en 2002. ¿Cierra El sueño del tsunami un ciclo?

—¡Espero que no todavía! Lo que ocurrió fue sencillo: Eduardo Abel Giménez me invitó a formar parte de Malabar, la colección de bolsillo de su editorial Dábale arroz. Son libros de formato pequeño y extensión medida. Yo contaba con material inédito, pero nada así de breve. Así que reuní cinco cuentos que habían salido en distintos lugares, pero aún inéditos en libro. A esos singles les agregué tres cuentos de Manual de evasiones imposibles, libro que nunca se editó en la Argentina. Me pareció que combinaban bien y redondeaban el conjunto. Me satisface reconocer cierta continuidad entre ellos, sin que por eso sean demasiado parecidos.

—Los textos ocurren en gran medida en lugares fuera de Córdoba: La Cumbre, Tigre, Nueva York o Buenos Aires. ¿Hubo una voluntad de salirte de lo local? ¿Cuánto pesa la etiqueta geográfica en un escritor?

—Salvo que el argumento los rechace, elijo escenarios que me resulten familiares o conocidos para manejarlos con mayor soltura. Como vivo en Córdoba, es natural que la acción de muchos cuentos ocurra aquí. En La música interior de los leones esa elección fue consciente y homogénea. Pero yo no viví toda mi vida en Córdoba. Y además he tenido cierta cuota de viajes (lo cual explica un libro como Mapamundi). El sueño del tsunami reúne cuentos de distintas épocas y publicaciones, y por ende es más variado en sus escenarios. En “El postre”, “Horas extras” y “Las luciérnagas” usé ideas que había apuntado cuando vivía en Buenos Aires, y quizás por eso suceden ahí o cerca: barrio Norte, un edificio de oficinas como los del Bajo, el Tigre… Algo similar ocurrió con “La mano sensible”. “La hija del ingeniero Trebor” surgió en el Filba Nacional 2018: me dieron la foto de una casa de La Cumbre para que imaginase algo que ocurriera en ella. “Ruta 80” y “Mariposa detrás de una oreja” pintan paisajes sin relación con una cartografía real. “El sueño del tsunami” menciona muchas ciudades porque narra un fenómeno global, pero visto desde Córdoba.

—Tu tetralogía (compuesta hasta el momento de Las ostras, Mil surcos y Las alegrías) sigue vigente. ¿Qué supone sostener hoy un proyecto así?

—Supone “enamorarse del proceso”, como dice Luis Scola. Disfrutar del día a día en tu escritorio. Desear estar ahí imaginando historias. Amar eso más que discutir modas o teorías literarias en Facebook. Más que rosquear o chismear sobre otros escritores. Más que dar talleres o asistir a ellos. Más que reseñar libros, disertar en auditorios o dar entrevistas. Y mucho más que cualquier zanahoria hecha de falsas expectativas sobre “todo lo grosso que va a pasar cuando mi gran proyecto esté terminado”. Porque en esto no hay garantías. Excepto la de que, al poco tiempo de haber puesto el punto final, vas a empezar a escribir algo nuevo desde cero, una vez más. ♦